Por ejemplo, la letalidad que al inicio de los años 90 era mayor del 80%, en la actualidad se encuentra en cifras menores al 6%, en contraste, la población afectada ha sobrepasado en 20 años lo ocurrido en la historia mundial con padecimientos como la viruela, la sífilis, el sarampión, etc. Es más, padecimientos como la diabetes e hipertensión se han visto poblacionalmente desplazados tanto en costos como repercusiones por la infección VIH al no limitarse el daño a población económicamente activa y extenderse poco a poco a todas las edades incluyendo a aquellos con 50 y más años.
Como consecuencia del panorama que ha rodeado a la infección VIH el paciente adopta actitudes muchas veces derrotistas cuando conoce el diagnóstico y ello lo hace mucho más sensible a la actitud y palabras emitidas por los profesionales del área de la salud.
Y así con o sin conocimiento, con o sin verdad, la población al escuchar diagnósticos o pronósticos médicos, tiende a sacralizarlos, de tal manera que cuando el profesional adopta una actitud de rechazo, de desesperanza, de resignación o de desahucio ante pacientes con SIDA, el enfermo y sus familiares responden casi siempre abandonando la lucha, perdiendo la esperanza y sumiéndose en la depresión y así, sin mayor evidencia que las palabras dichas, se disponen “ a una muerte anunciada” magnificando con ello el poder que el veredicto médico pueda tener, sin tomar en cuenta que el mismo puede estar escasamente sustentado, lo cual pone de manifiesto una vez más la hegemonía milenaria del médico al otorgarle un poder casi de predicción divina.
En 15 años de experiencia hemos sido testigos de ello y del daño que palabras y actitudes diversas ocasionan en el paciente, trátese de la enfermedad que sea y especialmente en SIDA, es cierto también que en contraste surge la otra opción, es decir aquella en la cual el paciente consigue levantarse y emprender la lucha con base en una verdadera esperanza, ofrecida por el personal médico cuando el mismo procede de forma honesta y cálidamente, al plantearle al paciente, posibilidades difíciles por la situación existente, pero factiblemente alcanzables, con base en evidencias, conocimientos y disponibilidad terapéutica.
No sería exagerado decir que si se hiciera una investigación acuciosa, sorprendería el número de muertes por SIDA que no debieron ocurrir y que se precipitaron a consecuencia de actitudes médicas equívocas, de desánimo o aún de franca crueldad o deshumanización.
Para quienes participamos en la atención de pacientes VIH/SIDA cuando no se disponía en el país aún de ninguna terapéutica antiviral específica, la comparación entre los años 80´s y lo actual resulta altamente sorprendente,dado que el enfermo sucumbía al inicio por diarreas imparables, de tal manera que aún cuando la infección no hubiera realmente avanzado en su daño, favorecía la muerte al no lograrse detener las primeras y severas manifestaciones.
Cuando los primeros antirretrovirales llegaron al país y se pudo disponer de ellos alrededor de los años 89 - 90, los cambios obtenidos eran impactantes, pacientes que en una semana mejoraban 8 kilos de peso y se recuperaban en forma notable, sin embargo, la mejoría no era duradera porque la recaída se presentaba a los pocos meses, pero poco a poco con la incorporación de más antivirales la mejoría empezó a persistir hasta que llegó el año 1996 y con él la entrada de los inhibidores de proteasa, lo cual significó el cambio entre la vida y la muerte. Hoy en el 2007 las opciones de vida para el paciente VIH/SIDA son tan abundantes que hablar de muerte aún en condiciones avanzadas resulta poco probable, dado que la terapéutica puede solucionar la mayoría de los problemas graves y/o agudos, sin embargo, los pacientes siguen muriendo y mucho de ello depende de elementos que la mayoría de las veces no están ligados con el proceso infeccioso en sí, sino con actitudes por ejemplo con depresión en un enfermo por falta de sensibilidad familiar o médica, por desconocimiento a la hora de realizar el diagnóstico y valorar la posible evolución, o bien por posturas derrotistas totalmente injustificables y aún crueles.Sin embargo, a pesar de los extraordinarios adelantos terapéuticos, ningún médico puede emprender la luchar contra un padecimiento si él no está convencido de que puede ganar, porque existen opciones reales.
Y esto último, tal vez, resulte lo más importante en la actualidad para el profesional del área de la salud: El conocer, el estar enterado y más aún convencido por evidencias reales de que las opciones son múltiples e inagotables y por lo tanto que no importa el avance que la enfermedad tenga, la experiencia mundial y nacional nos permite decir que el paciente tiene siempre más opciones de vida que de muerte, lo cual no implica que nos neguemos a aceptar que pueden existir complicaciones de tal magnitud cuya solución resulte prácticamente imposible, desde luego que esto puede darse, pero no es la norma sino la excepción.
Lo habitual en este momento es que de 100 pacientes con VIH/SIDA, 95 o más recuperen la salud en forma real y efectiva mediante el manejo asistencial y el tratamiento antiviral, por ello, lo indispensable es que el médico realice oportunamente la detección temprana del padecimiento, brindando toda la información en cuanto los alcances terapéuticos factibles.